Santiago violenta

Los avatares de una particular cinefilia

Por Álvaro García

 
 

A falta de ejemplos comparables, cuesta encontrar en el panorama del cine chileno algún referente propio de lo que podría ser una corriente de “autorismo vulgar”, al mismo tiempo que cuesta definir un pop cinematográfico nacional. ¿Dónde se le podría encontrar? No parece suficiente el esfuerzo de casos como López, Badilla, o el semillero de El Club de la comedia, por el lado humorístico, ni las incursiones de Olguín e Illanes en el del terror. De un buen tiempo a esta parte ha sido problemático hacer cine de género en Chile. No soy digno de hacer un diagnóstico, pero por lo que sé, desde la Dictadura en adelante han sido pocas, y no siempre exitosas económicamente hablando, las tentativas de correr por esas lides. Sin entrar en detalles, ni hablar del dilema industrial o autoral ante la perspectiva de producir géneros en Chile, me parece que han sido otras actitudes las que han primado. Fenómenos como El Chacotero sentimental en los 90s o las cintas de Kramer parecen ser precisamente eso, eventos que riman éxito de taquilla y conciencia popular particulares, que deben su conexión con el público y la sensibilidad de masas al ser subsidiarios de un producto proveniente de otro medio (radio, televisión) ya instalados con preponderancia en el ámbito pop. Asimismo surge una engañosa dualidad dentro del campo del cine, respecto a sus fines: hacer un cine de género ¿para qué? si le disputaría audiencia y mercado cultural dentro del espacio conseguido por otras propuestas de mucha menor vocación comercial. Estos cines, para enfrentar el asomo de los géneros, tendrían como opciones radicalizarse o, al contrario, tratar de sumarse, con lo que habrían de perder su pureza crítica, política, experimental y realista. Por un lado parece que el cine chileno de género no logra decantarse en propuestas que aseguren su continuidad, salvo excepciones, y por otro, las emprende contra una producción que conlleva unos cuantos intereses más que el placer audiovisual per se, comandado por los que serían practicantes de un goce cinéfilo culto.

Pese a dejar esta problemática apenas enunciada, vale, sin embargo, tenerla en mente al introducir nuestro comentario sobre Santiago violenta, última realización de Ernesto Díaz Espinoza, ya que sus películas ofrecen un ejemplo particular en torno a las posibilidades de un cine de género en Chile con mejor diagnóstico. Los films de Díaz operan en un doble eje genérico, el cruce entre cine de acción y comedia, aunque nunca se ha hecho demasiado hincapié en asumir la potencialidad de su lado cómico. Gran parte de la crítica, excepto uno o dos casos, rescata en cambio su particular ejercicio de la acción, especializado en algunas de las múltiples variantes que ofrece: artes marciales, policial, espionaje, superhéroes, a las que se suma una plusvalía que les permite acceder a la condición autoral, la autoconsciencia de su “tercermundismo”. Esta última posición localista, que muchas veces se ha confundido con el grado de comicidad que alcanzan sus films, lo que hasta cierto punto no deja de tener asidero, sin duda soslaya el efecto cómico, sumiéndolo como un elemento constituyente significativo y de carácter idiosincrático propio, aunque no el de mayor importancia.

Tal vez sería interesante ver qué podría hacer Díaz en una película que fuera enteramente comedia, sin deberle alguna seña a la economía del género de acción y al complementario sabor local sudamericano, o latinxplotaition como le llama él, especulación que con seguridad no se encuentra dentro de sus planes, puesto que como su producción ha demostrado hasta ahora, su corazón se halla en una cinefilia omnívora a más no poder que recurre a los referentes más nobles -o bastardos, depende desde dónde se mire- de esa corriente.

El caso de Santiago violenta, su quinta producción, aquella base intertextual cinéfila se encuentra bastante explícita en la narrativa. La anécdota trata de tres amigos que encuentran en la ficción y el cine el medio para afrontar y eludir los requerimientos de la vida adulta. Roco, Mauro y Noel, treintones frustrados que se conocen desde la infancia colegial buscan prolongar la adolescencia. Mauro es un mantenido que a instancias de su novia trabaja en la empresa de su suegro, Noel casi no reprime la rabia e impotencia de ver a su padre caer a causa de irresponsabilidades y malos negocios, Roco destaca como el aglutinador de la amistad y sus jugarretas. Asimismo él es el verdadero centro de la película, es un entusiasta realizador de cine que hace películas con sus dos amigos motivándolos en su deseo por lo único que realmente le importa: hacer películas como las de su idolatrado Tarantino ocupándoles como actores, trascendiendo el plano inmanente en que transitan sus aburridas vidas para alcanzar ese otro estado donde cine y vida se funden y la realidad se convierte en una película, ni más ni menos que en una de acción, autos y balaceras. Pese a su deseo y los intentos por llevarlo a cabo, Roco también choca con la realidad. Vive con su madre y se mantiene haciendo grabaciones de matrimonios, a los que da un giro según sus retorcidas -al menos para los novios- intenciones.

En una de sus “piscoleras” salidas nocturnas topan con un botín propiedad de Marilyn (Shenda Román), exvedette y mafiosa empresaria del showbizz santiaguino, pronto se verán involucrados con ella y los intentos por disputar lo que pertenece a los turbios negocios ofreciéndose la posibilidad de hacer una película con el dinero robado a la mujer. La pista del botín se convierte en un McGuffin que posibilita el desarrollo de la dinámica de la amistad masculina. Los tres buddies son unos perdedores atrapados entre la negación a aceptar la madurez y la identificación con unos referentes pop ligados al consumo y apropiación cultural de su generación. Ante los requerimientos que socialmente se esperan de ellos, matrimonio, hijos, estabilidad y ascenso laboral reaccionan escapando hacia las fantasías que el cine ofrece, particularmente el cine que gusta a Roco: principalmente el cine de reciclaje de Tarantino y Robert Rodriguez o las cintas de acción italianas de los 70s. La propia película se encarga de asumir tales imaginarios ficcionales encarnándose sucesivamente en los códigos de esos cines a través de la intervención de títulos, presentaciones y la voz narradora impostada de Roco como si de un film de éste se tratara. Incluso ese escapismo hacia la posibilidad de asumir la demanda por adultez que los personajes no asumen se vislumbra literalmente en una plausible cita a Jules et Jim, donde el trío de amigos corren desbocados hacia una libertad imposible en la realidad, capaz de concretarse en su pura duración sin destino, factible sólo si está enmarcada en una imagen en movimiento.

Uno de los talentos de Díaz se halla en su capacidad de crear imágenes-acción con cierta autonomía que les permite resaltar del cometido más bien directo y sencillo que tiene la película en general. De esta manera logra, mediando el film, elaborar un plano secuencia de un asalto en un hotel que va de la calle a pasillos, ascensor, habitación y baño de ida y vuelta, muy bien tramado en lo que muestra y no muestra, en lo que deja representarse por imagen o por sonido. Tal vez este sea el mejor ejemplo de la potencia que el director tiene para manejar la tensión e involucrar al espectador con su cine, haciendo de la inventiva y la falta de gran presupuesto en virtudes, unas que claramente son propias y están arraigadas en la constitución del género de acción.

Finalmente, el cine de Díaz, y en concreto Santiago violenta, terminan por darle razón al afán cinéfilo obsesivo del Roco, pero sin el infantil ridículo aberrante del personaje, asume sus críticas, expuestas en ese amable y ñoño gag al principio con Roco mostrando el teaser de su película ante una comisión de notables personalidades del cine chileno -compuesto por realizadores, productores y críticos-, demostrando que sí puede esperarse una mayoría de edad para el cine de género hecho en el país. Al mismo tiempo consigue dar mayor espacio a los personajes femeninos en conflicto con sus inmaduros héroes masculinos, los que dejan de ser encasilladas madres o femmes fatales, avanzando un poco -aunque sin salir de la trinchera del género (cinematográfico)- hacia los terrenos de la misoginia expuesta en los films de Che Sandoval (Soy mucho mejor que voh, 2013). En este sentido, pensando en el video de Roco para un matrimonio, el que trata de apelar al entretenimiento saltando rápidamente de la ceremonia al trasfondo machista del baño de hombres, una broma pesada desplegada en imagen, acción y discurso, sobre los códigos convencionales que operan socialmente en la oposición que distingue y complementa madurez e inmadurez -al menos en cierto estrato social- se ofrece como una veta a profundizar. Aunque lo suyo sea seguir desarrollando cine de acción, si es que continúa realizando producciones ancladas en el ámbito nacional esperar una representación cada vez más punzante de tópicos idiosincráticos con rasgos irónicos -como el de masculinidades actuales- quizás sea uno de los retos futuros que tenga Díaz, ya con diez años de trayectoria en el cine comercial. Hay ahí una esperanza pop.

 

 
Como citar:
García, Á. (2015). Santiago violenta, laFuga, 17. [Fecha de consulta: 2017-10-22] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/santiago-violenta/749