La visita

Por Javier Sinclair

 
 

En La visita, una mujer transexual, Elena (la actriz transgénero, Daniela Vega), regresa al hogar en el cual se crió para asistir al funeral de su padre, un exmilitar cuya esposa Coya (Rosa Ramírez) parece haber trabajado casi toda su vida como ama de llaves en la casa de la familia acomodada con la que vive. La llegada de Elena supone una sorpresa para todos, incluso para su madre, y esto se debe a que la joven que golpea la ventana parece distar mucho de la imagen que todos tenían en sus recuerdos de Felipe, el nombre que Elena usaba antes de que dejase su hogar.

La falta de prominalización femenina no es gratuita en La visita, es el reflejo de una sociedad que le teme al cambio y observa con recelo todo lo que no entiende. Un recelo silencioso que sólo es audible entre suaves murmullos que resuenan a través de los muros del gigantesco hogar hasta perderse, “A la pieza no. Con los niños no.” ordena en voz baja la señora Teresa (la patrona de Coya, Claudia Cantero), mientras sostiene el rifle de caza de su esposo, sin intención belicosa alguna detrás de ello, pero musitando palabras llenas de violencia y rechazo hacia Elena, que contrastan con la actitud que tiene sólo un rato después cuando le regala un pañuelo amarillo para usar en el funeral de su padre.

Es todo lo que no se dice en voz alta en La visita el tema principal de ésta misma: el doble estándar de la clase alta conservadora chilena (y por qué no, latinoamericana, recordando que la película es una co-producción Chileno-Argentina), el temor al cambio y una cierta tendencia institucionalizada de esperar a que los problemas se solucionen ignorándolos silenciosamente.

El silencio en el hogar de la señora Teresa, sólo interrumpido por los gemidos moribundos de la abuela Mina (Carmen Barros), encerrada en una habitación, no oculta solamente el rechazo de la señora Teresa hacia Elena, ni el desinterés y posible infidelidad de su esposo Enrique (Paulo Brunneti) por ella, ni tampoco el difícil proceso de aceptación que la madre de Elena vive (tanto la muerte de su esposo como la aparente muerte del hijo que alguna vez conoció como “hombre”), sino que también el abandono de un pequeño, el hijo de Teresa, que parece observarlo todo desde el exterior y vivir sus propias experiencias, sin realmente formar parte de la imagen general de la película.

En palabras de la misma Teresa: “(Santiago) … algún día va a desaparecer y nadie se va a dar cuenta” lo cual resulta en extremo apropiado para describir su personaje, de acuerdo al cineasta, un reflejo de su propia persona, un niño que desfondado de tabúes y convenciones, es dejado de lado por los adultos que se encuentran demasiado ocupados con sus propios problemas como para detenerse a pensar en lo que quiere o vive el resto. Su misma madre le hace a un lado cuando este la abraza, abstraída en sus propias ocupaciones, por lo que puede experimentar por sí mismo a través de juegos con armas y ropa de mujer, sin nadie guiándole.

Tanto Elena como Santiago son personajes a los cuales, debido a las circunstancias y a las normas sociales, se les niega la posibilidad de ser reconocidos, en el caso de Elena, es su identidad de género la ignorada por quienes la rodean, llevándola hasta el punto de volver a vestirse con las ropas viejas de su difunto padre, sólo para complacer a su madre, y en el caso de Santiago es su misma presencia la ignorada por la gente mayor.

En cualquiera de los dos casos, el trabajo de la película resulta coincidir con la necesidad más profunda de sus personajes principales: el ser reconocidos, por lo tanto visibilizados y aceptados.

Porque es, al final del día La visita, una película sobre lo(s) ignorado(s) por conveniencia, por egoísmo, por simple temor o por ignorancia. El aura de muerte tampoco es casual en el largometraje, la elegancia de los planos siempre iluminados con fuerte haz de luz solar ocultan una película oscura, donde la muerte física espera coincidir eventualmente con el deceso de una sociedad que insiste en mantener sus costumbres retrógradas en decadencia, cuyo punto de declive parece encontrarse cada vez más cerca.

La visita es la ópera prima de Mauricio López Fernández, el cual continuó en ella la idea de un corto del mismo nombre que realizó el año 2010 y que gozó de buena recepción crítica en festivales contando con la actuación de la gran Paula Dinamarca, otra actriz transgénero quien en el año 2013 protagonizó la aclamada Naomi Campbel, película co-dirigida por Nicolás Videla y Camila José Donoso.

Al igual que Dinamarca en Naomi Campbel, el trabajo que López realiza con Daniela Vega en La visita, cumple la imperiosa labor de visibilizar a actrices transgénero en el cine chileno, actrices que, si bien aún precisan reconocerse como actrices transgénero en un acto político para nada desestimable, comienzan de a poco a ser reconocidas en la filmografía nacional como mujeres, actrices que interpretan mujeres que necesitan y piden a gritos aquello que muchas personas dan por sentado, que se les reconozca por lo que son.

El mensaje final de La visita es uno, aunque agridulce, también esperanzador, dejando de lado la crónica de una muerte anunciada que es la desaparición de Santiago, Elena se re-encuentra con su madre en un diálogo sencillo en el cual esta le ofrece a su hija una falda negra que podría vérsele bien en el funeral, dejando de lado así la idea de que su “hijo” debe usar la ropa de su padre para honrarle. Es un gesto sencillo y lleno de profundo significado, es un re-encuentro, pero también un comienzo para Elena y Coya, quienes comienzan de a poco a aceptarse como quienes son realmente.

Mauricio López Fernandez dijo en una entrevista que se había encontrado “con una propia discriminación, ¿Por qué tratar a un personaje transexual como a un personaje transexual? Y ahí quise tomar el ejercicio de normalización que la sociedad hace a diario y usarlo a mi favor ¿Qué pasaría, en una casa conservadora chilena, si este personaje que se fue como un hombre llegara, sin que nadie lo sepa, como una mujer a la casa donde se crió? Y ahí nació la idea, no pasaría nada. Como buenos chilenos, evitaríamos el tema, no lo enfrentaríamos y trataríamos de normalizarlo lo antes posible.” Lo que López Fernández plantea es una realidad en la escena del cine nacional, incluso mundial. Es aún imposible disociar el rol de una actriz transexual de las implicancias políticas de su identidad de género y parece faltar mucho tiempo aún para que llegue el día en que una actriz transexual pueda interpretar simplemente a una mujer, que no deba sus penas a las circunstancias que rodean su identidad de género sino que a las múltiples vicisitudes que implican el simplemente ser humano. Sin embargo, La visita avanza, aunque sea un poco (al igual que Naomi Campbel) en esta materia, mostrándonos a actrices que de algún modo, se interpretan también a sí mismas, y que vuelcan en sus roles todas sus experiencias, ayudándonos a todos a entender un poco más la importancia de no ignorar y reconocer a todos los individuos que al final del día, sin importar las “diferencias” que podamos tener con ellos, son seres humanos que necesitan que se les visibilize y reconozca como tales.

 

 
Como citar:
Sinclair, J. (2015). La visita, laFuga, 17. [Fecha de consulta: 2017-10-22] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/la-visita/752