La comedia del poder

Por Roberto Doveris

 
 

Lo atractivo de Chabrol, aún cuando sus films están rodeados de un falso aire de sencillez, es el despliegue continuo y exquisito de un incisivo retrato de la “clase burguesa”. Su mirada aguda se posa nuevamente sobre personajes involucrados en crímenes y en cómo esos crímenes mueven de cierta manera los hilos de esta sociedad. Una sociedad cínica, amanerada, hipócrita y trazada por las líneas del poder, y sobre la cual Chabrol hace un disección que resulta a veces cómica, pero que en el fondo es todo un cuento de horror.

La fabulosa Isabelle Huppert, la muza que lo acompañó en Madame Bovary (1991), La Cérémonie (1995), Rien ne va plus (1997) y Merci pour le chocolat (2000) interpreta esta vez a la implacable jueza Jeanne Charmant-Killman, basándose en un famosos caso real de corrupción en Francia en el cual estuvo envuelta una importante empresa petrolera estatal, y que Eva Joly enjuició audazmente. Sin embargo en la película jamás sabemos a qué se dedican realmente estos políticos, funcionarios estatales y/o empresarios, más allá de que han caído en la mira de la obsesiva Jueza que busca infatigablemente, y a cualquier precio, ponerlos tras las rejas. Son personajes que están unidos por oscuros lazos de corrupción entre sus empresas, servicios estatales y poder judicial. Un gran y sucio juego en las altas esferas de poder.

La mirada Chabroliana sigue todo el largo proceso de indagación, de búsqueda de registros y pruebas, de audiencias e interrogatorios que hablan todo el tiempo de sospechosas comisiones, dispendios sin boleta, lujos pagados con dinero estatal, gastos extravagantes por concepto de “imagen” y cosas varias, que cada interrogado insiste en bajar el perfil amparándose bajo el argumento de “es la práctica usual”. Así vamos pasando de personaje en personaje, de delito en delito, evidenciándose la poderosa trama que mueve los hilos del dinero y del poder. La jueza quiere llegar al final, descubrir el epicentro de toda esta corrupción, buscar a los culpables en un proceso en el cual deja de vivir en pos de la investigación. Cegada, sin considerar consecuencias y poco a poco tomándole el gusto al poder aparentemente infrenable que le da su posición y su prestigio como jueza, se acerca cada vez más a quienes mueven toda esta turbiedad (senadores, grandes empresarios y banqueros), en tanto su terreno se vuelve cada vez más peligroso.

Pero el fin de Chabrol nunca ha sido presentarnos historias policiales, aún cuando tiene cierta fijación por ellas. A través del relato de la investigación y del crimen que tanto gusta, Chabrol ha sabido ir dejando pequeñas dosis de veneno que van mostrando el funcionamiento del poder en varias formas, y en ese sentido no está lejos de ser un gran texto sacado de la escuela de Frankfurt y puesto en celuloide. Caricaturas de pomposos ancianos con sus puros, champagne, trajes llamativos y bellas modelos como pareja, contrastan con la jueza y su compañera asignada, que lucen elegantes trajes prêt- à- porter de diseñador, duermen poco, leen bastante y toman yogurt. No es casualidad que sean dos mujeres, inteligentes y activas, las que le den al blanco en este caso. Son ellas, profesionales exitosas que muestran un desprecio heroico por las presiones y las amenazas, quienes enfrentan a estos funcionarios públicos en conversaciones cara a cara, interrogando sin pelos en la lengua y acusando por crímenes e irregularidades sin importar lo peligroso que pueda resultar para ellas.

Pero el peligro más grave que corre la jueza, evidentemente, es ella misma. Su obsesión por la justicia y por el poder que adquiere al ejercerla, y su despego total respecto del ambiente familiar, van a derivar en un desmoronamiento progresivo de su relación de pareja. Con cuidadosa meticulosidad Chabrol irá colando este asunto en medio de los conflictos centrales del relato, para después dar un golpe certero, un quiebre total de la vida privada del personaje de Isabelle, obligada a tener que continuar con sus obligaciones laborales. Una magistral interpretación, precisa tanto en la frialdad de carácter como en la fijación del personaje por una meta. Tanto así que ni siquiera se interroga por la meta misma, derivado de en un altruismo difícil de vencer, y que en definitiva destruye la familia que había formado.

La comedia del poder es una cinta que posee una cuota de humor que sobrepasa a lo que Chabrol nos tenía acostumbrados con películas anteriores como La dama de honor (2004) o La flor del mal (2003), aún cuando su línea es reconocible todo el tiempo en las intrigas, en las situaciones, en el alto nivel de los ambientes y de las atmósferas, en el ritmo más bien pausado, en el climax silencioso y sutil, en lo nihilista de su mirada y sobretodo en el hecho de que plantea a una clase social como un objeto de estudio interdisciplinario. Es bien sabido que Chabrol es un viejo astuto y su mirada nada tiene de ingenua, por lo que recurre a varios niveles de lectura que apuntan a hacer esta disección social a través de los personajes. Sin duda se trata de un trabajo completísimo, pero que no alcanza a entrar en la lista de sus obras más interesantes.

 

 
Como citar:
Doveris, R. (2005). La comedia del poder, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-06-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/la-comedia-del-poder/134