La balada del desierto

El otro Peckinpah

Por Nuncio Belardi

Director: Sam Peckinpah Año: 1971 País: Estados Unidos

 
 

1. Ya no hay películas de vaqueros como las que había antes. Es un género que casi no se explota. Y los arriesgados que siguen intentándolo no lo hacen como se debería: Appaloosa de Ed Harris o 3:10 to Yuma de James Mangold, por mencionar algunas recientes, dejan bastante que desear. Aunque no todo es tragedia, también se han hecho cosas buenas. Ahí está Open Range de Kevin Costner o Unforgiven de Eastwood, que se ha convertido en un neoclásico. Esas son excelentes cintas, pero es difícil compararlas con las que se veían en las décadas del 40’ y 50’, las de Howard Hawks y John Ford, las de John Wayne y Gary Cooper. O con las que se hacían en los 60’, cuando Sergio Leone reinventó el genero con Eastwood a la cabeza. El último de esta lista de “grandes” fue, sin lugar a dudas, Sam Peckinpah que hacía de sus westerns verdaderas odas a la violencia, con mucha sangre y tiroteos grabados en cámara lenta, como si quisiera recordar que en esos tiempos, en que todos los hombres iban con un arma encima, la vida era algo tan efímero y a la vez tan trascendental que la muerte debía ser registrada da un modo más pausado. Uno de esos westerns fue La balada del Desierto (1971), su película menos peckinpahniana.

2. La historia es simple, Cable Hogue (Jason Robards, para los más jóvenes es conocido como el viejo agonizante de Magnolia) es abandonado en el desierto por Bowen y Taggart, sus compañeros de fechorías, que le quitan su mula, su rifle y el poco de agua que le quedaba. Cable comienza a caminar por el desierto quejándose con Dios y maldiciendo su suerte: “No he tomado agua desde ayer, Señor. Me está dando un poco de sed. Pensé que debía mencionártelo. Amen”. Merodea sin comida ni bebida alrededor de cuatro o cinco días, desesperado por encontrar agua. Justo antes de perder toda esperanza y convertirse en carne de buitres, descubre un pequeño arroyo subterráneo. Se recupera y se las arregla para establecer un pequeño negocio. Un lugar de descanso para que los viajeros de las diligencias coman y tomen agua. Se hace amigo de un cura bastante vivaracho (David Warner) y conoce a Hildy (Stella Stevens), la prostituta más bella del pueblo, una rubia que bien podría haber protagonizado Guardianes de la Bahía. Hildy se va con él y comienzan a vivir del negocio. El problema es que Cable nunca olvida a los dos que lo abandonaron en el desierto y quiere venganza. Alguien alguna vez dijo que las personas con nombres extraordinarios tienen vidas extraordinarias.

3. Ésta no pareciera ser una película de Sam Peckinpah. Claro, la sangre y las muertes están, sigue siendo una de vaqueros, pero el sello peckinpahniano ha dado un giro. Estamos frente a una cinta que se podría definir como una comedia-romántica-western. Como si Peckinpah hubiera dirigido la película en conjunto con Billy Wilder. El film posee una serie de sketches cómicos: Cable y el cura alcoholizándose; Hildy lanzándole la cristalería a Cable porque se fue sin pagarle; el cura manoseando a una mujer desconsolada que ha perdido a su hermano. En muchas de estas partes graciosas, la cámara lenta, una marca registrada del director, se acelera completamente, como en los episodios de El show de Benny Hill, ridiculizando lo que ya es cómico. Por otro lado, los personajes característicos de Peckinpah: hombres valientes y rudos; de moral ambigua y muchas amantes; honorables (dentro de la medida que resiste un western) y profesionales como en una película de Michael Mann, brillan por su ausencia. En La balada del desierto, Cable Hogue es todo lo contrario. Se trata de un simple perdedor con suerte. Un tipo ignorante y algo lelo. En un principio nadie lo respeta, en el pueblo los niños se ríen de él. Cable se pregunta: “¿Yo valgo algo, cierto? A veces es tímido y siempre desconfiado. A medida que avanza la cinta se va convirtiendo en el arquetipo del personaje pícaro y torpe. Más de una vez se cae del caballo o se tropieza con algo, recordándonos un poco a Tribilín de Disney. Pero la característica que más representa a Hogue es la bondad. Por sobre todas las cosas, estamos frente a un buen tipo. Un intento de “self made man” norteamericano que sólo quiere una mejor vida y una buena mujer. Hogue le dice a Hildy: “No me gusta ser nada. Ya lo he sido antes. Aquí por lo menos tengo un buen comienzo.” Los demás personajes también son en su mayoría buenos samaritanos. Aquí no existen los traidores, viles y sanguinarios que Peckinpah suele mostrarnos en sus otras películas. Hasta los dos ingratos que en un comienzo dejan a Hogue en el desierto tienen la oportunidad de redimirse.

4. La película se sale un poco del típico registro del cine de Sam Peckinpah. A pesar de esto, esta fue una de sus cintas favoritas, mucho más que Perros de Paja o La pandilla salvaje, que fueron más exitosas. Cuando le preguntaban qué película suya le gustaba más, siempre mostraba alguna copia de La balada del desierto. Quizás porque fue la película con la que mejor lo pasó. Se sabe que durante la filmación, el calendario de rodaje se atrasó un par de semanas en su programación debido a mal clima, y en ese tiempo libre Peckinpah llevaba a todo su elenco y equipo a un bar. Al final del rodaje la cuenta del bar fue de setenta mil dólares. Es posible que por esto esta sea su película menos violenta y más liviana. O acaso se debe a que quiso retratar los últimos días de los vaqueros, aquellos años en que el caballo deja de ser primordial y el automóvil comienza a asentarse poco a poco. Posiblemente para retratar el fin de una era quiso mostrarnos una faceta diferente a la peckinpahniana habitual, logrando un resultado igual de genial que el de su lado más sombrío. Si bien podrán decir que el final de la cinta es un tanto flojo y posiblemente estúpido o que el amor entre Cable y Hildy es algo superficial y facilista, dejando estos detalles de lado, La balada del desierto es una de las películas de Peckinpah que tiene más corazón y espíritu, después de todo es una balada.

 

 
Como citar:
Belardi, N. (2009). La balada del desierto, laFuga, 9. [Fecha de consulta: 2017-10-19] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/la-balada-del-desierto/354