El nuevo mundo

Artificiosa Naturaleza Humana

Por Ignacio Concha

 
 

El nuevo mundo” es una película que de tan dispareja urge a hablar de ella a partir de lo que se conoce como “momentos de cine”. Esto es así pues a ratos su metafísica y lírica se vuelve pegajosa e irritante, y dan sinceras ganas de estar viéndola en dvd para poder adelantarla. Pero si uno cede a esa tentación es cuando la última película de Terrence Malick se digna a sorprender y seducir, sobre todo a través de sus recursos plásticos.

Después de ser apresado por los nativos, convivir con ellos, e iniciar una relación amorosa con la hija preferida del jefe Powhatan -la increíble actriz Q`Orianka Kilcher , actriz hija de padre quechua y madre suiza-, el capitán John Smith vuelve a Inglaterra para seguir su brillante carrera de militar al servicio del rey. A continuación observamos primero la espera y luego la resignación de una Pocahontas que ha sido expulsada de su tribu e intenta con entendibles dificultades adecuarse al estilo de vida de los colonos. La mano de Malick hace a este capitán John Smith muy interesante al dotarlo de una impronta parecida a los protagonistas de su anterior película, esto es, ser un héroe introspectivo, dueño de un carácter en donde la decisión y la bravura en combate conviven con la confusión amorosa y el ensimismamiento. Una introspección que se desarrolla en el héroe no antes de ir a la misión, sino ya estando en ella, apurado por el tiempo y sus compañeros y con el barro hasta las rodillas. También ahora Malick traspasa este espíritu reflexivo al relato mediante el uso del monólogo, aunque en este caso no sea tan dominante como si lo fue en “La delgada linea roja”.

Sólo un juicio apresurado podría llegar a la conclusión de que para Malick los indígenas son los buenos y los occidentales los malos. Precisamente su gran logro es transformar una historia tan arquetípica y tantas veces visitada, en un relato absolutamente desprovisto de sentimentalismos -o sea, sin épica- y lograr evocar en estas sucesivas transculturaciones -sobre todo con Pocahontas aventurándose en la sociedad occidental- una amplia gama de grises. Una imagen que da cuenta de ello es la de Pocahontas aprendiendo a caminar con tacos, en la cual el énfasis no está puesto en explotar ese evento como una pérdida de la inocencia -lo cual habría hecho un director más convencional y “humanista”- sino en alumbrar en él la infinita plasticidad y capacidad de acostumbramiento de una persona decidida a no mirar atrás (posteriormente esto se termina volviendo un objeto de goce con Pocahontas y su nuevo esposo riéndose por las complicaciones de caminar en el barro con aquellos zapatos).

A través de una narración en extremo elíptica y poética, Malick va desarrollando su visión funcionalista y metahistórica de los hechos, visión que a pesar de poblar los diálogos de grandes nociones (amor, naturaleza-madre, conciencia, lo verdadero, lo real) tiene como principal cualidad el que en ningún momento las reflexiones que exponga suenen a impostación. No hay dudas de que, no por no ser pop (o al menos pretender no serlo), Malick sea menos honesto.

Al final, viscosamente o no –y con desigual suerte para sus protagonistas- van desapareciendo las presuntas contradicciones entre naturaleza y artificio. Porque por la alegría de Pocahontas jugando entre los modelados y laberínticos jardines londinenses y por la fascinación con que son filmados ríos, árboles y bosques, Malick pareciera querernos decir que cuando se accede a una real comprensión de la naturaleza, ésta se percibe como un golpe de efecto.

 

 

 
Como citar:
Concha, I. (2005). El nuevo mundo , laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-12-18] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-nuevo-mundo/144