Code 46

A new kind of tristeza

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.
 
 

Si tuviéramos la información suficiente como para saber las consecuencias de nuestras acciones, ¿actuaríamos como lo hacemos? Michael Winterbottom plantea ese dilema, una pregunta moral que queda formulada y dando vueltas, y podríamos hablar extensamente sobre ello en este texto. También podríamos referirnos al futuro de “Code 46” aterradoramente parecido al presente; y a una esfinge, que ‘lo sabe todo’ y que al parecer –si somos suficientemente paranoicos- no es más que una gran compañía de seguros que decide dónde puedes ir. Podríamos hablar de un adentro , donde las cosas en general funcionan, donde una pantalla con un dibujo a mano te dice buenos días, y si corresponde, feliz cumpleaños; una pantalla amable que de alguna manera, en ese futuro, ya pertenece a una tecnología antigua. Y hablar de un sol tan dañino que la sociedad ha decidido invertir sus horarios para que la gente trabaje de noche. Y un afuera (para estar adentro necesitas tener cobertura ), muy similar al tercer mundo de hoy, enormes terrenos desérticos e inhóspitos, interrumpidos por ciudades desordenadas, ruidosas y sobre pobladas; lugares que habitan los exiliados. Referirnos a diferentes ‘virus’ que uno toma y que te permiten hacer cosas que de otra manera no podrías: un virus de empatía que mejora la intuición de quien lo toma, un virus para cantar bien, un virus para hablar mandarín.

Y sin embargo –y en absoluto en detrimento de un argumento tan completo: en el sentido de historia bien contada, de multiplicidad referentes, de intensidad y crítica- prefiero hablar de poesía. De una manera de hacer cine: una factura o sensibilidad que embellece la manera de contar una historia. De un cine de ideas que se transforman en texturas: así el calor y el olor del afuera se constata a través de su luz; la iluminación capaz de crear espacios y atmósferas, una luz limpia aunque con algo de interferencia: polvo, partículas en el aire que actúan como filtro entre espectador e imagen. Y lo mismo con el adentro , diferentes espacios, sombras, gamas de colores. Opción que está formulada de una forma sutil, pero que se exacerba a la hora de mostrar a William (Tim Robbins), por una parte junto a su esposa e hijo: los cuerpos de los esposos teniendo sexo o la familia desayunando en  la cocina: una transparencia que molesta porque de correcta llega a ser publicitaria. Y, por otra parte, la calidez melancólica de William y María. Una cámara subjetiva que compromete al espectador: entonces vemos a María a través de los ojos de William: María bailando en el bar con los flashes intermitentes, María falsificando los “papeles” (así tal cual, en español: en el futuro el idioma es multi linguístico) que te permiten ir donde quieras burlando al sistema; María esforzándose por no dormirse para no encontrar su destino en el sueño.

Winterbottom más que espacios propone representaciones, no solamente visionarias sobre el futuro, sino representaciones mentales, estados de ánimo: un espacio físico que se ve afectado por las emociones. La narración da cuenta de ello: la forma en que de un plano salta al siguiente, adelantándose a lo que viene: Un primer plano ralentizado de María quitándose las botas, mientras por encima, el diálogo entre ella y William sigue perteneciendo al presente. Un relato desfasado que funciona porque no siente la necesidad de explicarse como opción estética. Y el uso de la música (premio a mejor banda sonora en el último Festival de Sitges):  minimalista, cargada de una sensación de soledad, de tristeza incluso en los momentos felices (de alguna manera sabemos de antemano, quizá por los propios referentes cinematográficos o literarios, que hay amores que no pueden doblarle la mano al destino). Música que carga inexorablemente una nostalgia a priori, una sensación de extrañeza que nos arrastra en el trayecto de William y María.

Tal vez la fuerza de “Code 46” radica en que no sólo nos hace partícipes de la historia de amor de sus personajes, o del futuro propuesto por Winterbottom, fuertemente enraizado en nuestro propio habitar, sino más bien de la conciencia misma del filme, y de su puesta en escena hacia una nueva forma de tristeza.

 

 

Título: Code 46

Autor: Michael Winterbottom

País: Gran Bretaña

Año: 2003

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2005). Code 46 , laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-06-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/code-46/165