31 minutos (+)

Colores artificiales

Por Omar Zúñiga Hidalgo

Director: Pedro Peirano Año: 2008 País: Chile

 
 

Dentro del fenómeno del consumo tienden a encontrarse desplazamientos operativos, búsquedas de nuevos mercados y modalidades para explotar un mismo producto. Las probabilidades de éxito en cada una de estas versiones dependen de la lucidez del creador, quien lo reformula hasta conseguir su máxima rentabilidad. Un supuesto económico tan simple como éste se manifiesta incesablemente en la industria del entretenimiento, repleta de productos culturales que se perpetúan a sí mismos de algún u otro modo.

La dinámica se replica en nuestro mercado interno con un producto que se inicia en televisión y que luego deriva en las salas de cine. Mecanismo muchas veces realizado en Estados Unidos, acá con ejemplos como Mansacue y 31 minutos. Las comparaciones pueden ser odiosas, pero se hace evidente la superioridad de la segunda.

Toda esta elaboración se dirige a una paradoja. Para 31 minutos el éxito comercial televisivo es difícil de descomponer en factores claros, al menos desde una percepción externa. Podrían mencionarse una cierta empatía con un público adulto, una capacidad inédita de constituirse en un referente de un público infantil de acuerdo a su propia creatividad de puesta en escena y precariedad de los recursos. El fenómeno se acaba en la cresta de la ola, una larga pausa y el retorno cinematográfico con bombos y platillos. Se hace difícil disociar entonces la película del producto de consumo en que la serie se convirtió con el tiempo: en una primera instancia podría verse como una extensión más, una mera prolongación del dispositivo televisivo. ¿La paradoja? Lo que sucede entonces, que supera del algún modo esa expectativa y que la constituye como un relato con exigencias propias.

Juanín Juan Harry es el abnegado productor del noticiario 31 minutos. Cada día se levanta en una rutina programada, levantarse y planchar las corbatas del conductor, Tulio Triviño. Lo que no sospecha Juanín es que hay alguien que lo está buscando exhaustivamente para completar su colección de animales irrepetibles: Cachirula, una niña consentida y millonaria dueña de su propia isla en alguna parte del océano. Procede entonces el rapto realizado por un mafioso a pago, quien elabora una estrategia para llevarse a Juanín. Y procede luego el viaje, el rescate grupal del querido miembro perdido.

La película establece con claridad la empatía con su público, esa mezcla extraña de niños y adultos sin edad muy definida. Unifica las personalidades de sus personajes con el programa de televisión, pero los radicaliza en la medida del rescate, al tiempo que los presenta fuera del espacio del estudio del noticiario. Así, se construye un universo de fantasía, con una ciudad que mezcla trozos de Río de Janeiro y de Santiago, estudios y muñecos de múltiples escalas. El verosímil de estos espacios y el cómo se tejen en la historia se construye con coherencia y constancia.

Por otra parte, la estructura dramática no se permite permeabilidad. Absolutamente blindado, a prueba de fallas, el guión clausura todo lo que se enuncia, se hace cargo de cada una de las líneas narrativas, de pequeños guiños que se muestran en una parte y que en otras adquieren una naturaleza épica, por ejemplo, una ballena que interfiere con el destino de los personajes y que luego les salva su vida, o un –graciosísimo- grupo de muñecos musculosos de plástico que aparecen en un minuto y que mucho más tarde utilizan su principal herramienta, la seducción, para solucionar un conflicto bélico de proporciones. Todo lo que se insinúa se recoge, lo que hace a la película funcionar sin mayores obstrucciones. Asimismo hay un componente importante de pensamientos disociados, de muy breves paréntesis que inyectan una creatividad chispeante a la rapidez de la narración. Dar ejemplos sería arruinar lo divertido que puede ser verla.

La película entonces asume de manera inteligente su desplazo de soporte. Asume códigos visuales y de estructura que le dan un carácter cinematográfico muy propio, invadido de una muy cuidada producción de arte, fotografiado en un incesante colorido. Así, satisface con creces las expectativas que puedan pesar sobre ella. Y se convierte en un espectáculo placentero y de profunda gracia.

 

 
Como citar:
Zúñiga, O. (2008). 31 minutos (+), laFuga, 7. [Fecha de consulta: 2017-10-20] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/31-minutos/114